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Coca y Arévalo: Tras los pasos de Isabel la Católica

El día de los enamorados decidimos ser fieles al espíritu de la parejita y celebrarlo con un viaje. Ya que debía durar tan solo un día, no podía ser muy lejos de Madrid, así que nos decidimos por visitar los pueblos castellanos de Coca y Arévalo.

Tras un viaje en coche de casi 2 horas, llegamos a Coca por la mañana con tiempo para visitar su renombrado Castillo. Hicimos la visita guiada, en la que nos explicaron que el castillo había sido construido en el siglo XV por la poderosa familia Fonseca.



Con el paso del tiempo, acabó en propiedad de la Casa de Alba, aunque actualmente lo tiene cedido al Ministerio de Agricultura, con lo que actualmente alberga una escuela forestal.

El castillo es de estilo gótico-mudejar y se nota que está muy reconstruido (en el interior hay fotos para comparar el antes y el después de la restauración). En cualquier caso, es una edificación muy bonita, que merece la pena visitar.


Al salir del castillo, nos fuimos con el coche hasta el trozo de la muralla enclavado en la Puerta de Segovia.


Allí aparcamos para dar un paseo, que nos llevó hasta la iglesia de Santa María la Mayor, situada en la plaza del ayuntamiento. La iglesia exteriormente recuerda a la de San Juan de los Reyes de Toledo, por lo que nos gustó bastante. La mayor diferencia está en su campanario, que desentona con el resto del conjunto. Para intentar entrar, estuve empujando una de las puertas de acceso, puesto que era lo que nos habían dicho que hiciéramos los guías del castillo. Tras aporrearla durante un tiempo, finalmente vimos que la entrada estaba en otra de las fachadas.



En el interior, lo más interesante son los sepulcros de mármol de los miembros de la familia Fonseca, que fue muy importante en tiempo de Isabel la Católica. Como pone en el título del post, nos estábamos aproximando a la reina castellana, muy de actualidad últimamente merced al éxito de la serie de TVE sobre su figura.



Tras abandonar la iglesia cruzamos el pueblo (no nos llevó mas de 5 minutos) para llegar a la torre mudéjar de San Nicolás. Es todo lo que queda de la iglesia del mismo nombre. La verdad es que, si no estuviera ubicada en un pueblo castellano, pasaría perfectamente por un minarete árabe.


Desandando el camino, volvimos a la Puerta de Segovia. Tras subir al trozo de la muralla que la rodea (y que da pistas sobre lo imponente que debían de ser las defensas de Coca en su momento) fuimos a un restaurante a comer. Puesto que nos dijeron que no había mesa libre, decidimos cambiar los planes e irnos a comer a Arévalo, aprovechando que aún no era tarde. Ya con el coche, buscamos la casa de los 5 caños, un antiguo edificio romano, que da idea de la importancia que tuvo la antigua Cauca (de hecho, según algunas versiones el emperador Teodosio es originario de aquí). La verdad es que nos costó bastante encontrarla, teniendo que dar varias vueltas con el coche por la zona.



Abandonamos finalmente Coca, rumbo a Arévalo. Al llegar allí aparcamos en la Plaza del Arrabal y fuimos a la Calle Figones, donde se concentran los restaurantes más renombrados del pueblo. Elegimos el Asador Las Cubas y no nos equivocamos. Aunque tuvimos que esperar un ratito, conseguimos probar el afamado cochinillo. Y eso que inicialmente nos habían dicho que solo quedaba tostón para un comensal, pero por suerte pudimos degustar dos raciones.

Con el estómago lleno, fuimos a la oficina de turismo, donde nos dijeron que, debido a los horarios, tendríamos que elegir si hacer la visita guiada por las iglesias mudéjares de Arévalo o visitar el castillo. Elegimos la primera opción y creo que acertamos.

Comenzamos la visita únicamente 4 personas junto a Rosa, la guía, aunque posteriormente se unieron otras 4. El recorrido consistía en las iglesias de San Juan Bautista, San Miguel Arcángel, Santa María la Mayor y San Salvador, que actualmente están cerradas y solo se pueden visitar de esta forma. En mi opinión, la más recomendable es la de Santa María, con un ábside policromado y un bonito artesonado, así como una planta que permite tomar bellas imágenes de la iglesia desde la Plaza de la Villa.


 Las otras tres iglesias también tienen detalles que merecen la pena, como la estatua de San Zacarías de la iglesia de San Juan Bautista, o el museo que están preparando en la iglesia de San Salvador.


Terminada la ración de iglesias, y visitada también la Iglesia de Santo Domingo de Silos, ésta sí abierta al culto, dimos un paseíto por el pueblo, deteniéndonos en las plazas del Real y de la Villa. Son bonitas, pero en mi opinión les falta algo de vida. Seguro que tiene mucho que ver el hecho de que en ninguna de ellas hay ningún bar o restaurante.


En la Plaza del Real se encontraba antiguamente el Palacio Real, que fue donde pasó Isabel la Católica su niñez. De hecho, ella siempre consideró a Arévalo como su lugar de origen: varias de las personas que más quería vivían aquí, y en las iglesias distribuidas por el casco antiguo hay numerosos recuerdos del paso de Isabel por Arévalo.



Estaba anocheciendo, así que cogimos el coche y fuimos a ver el Castillo por fuera, ya que estaba cerrado.


Ésta fue nuestra última parada en Arévalo. Ahora sí que era noche cerrada, así que cogimos el coche para volvernos, después de haber pasado un muy agradable día por tierras castellanas. Eso sí, la jornada contó con una temperatura un poco fría. Pero claro, qué se puede esperar de un día de febrero por Segovia y Ávila...

Sur de Italia (VIII): Vuelta a Sicilia y regreso a España

Esta mañana hemos recogido nuestras cosas, hemos abandonado la habitación del hotel y nos hemos ido al puerto para embarcar en dirección a Sicilia. Esta vez no hemos tenido problemas como a la ida, así que tras media hora de apacible viaje estábamos en Messina.



En lugar de salir de la ciudad, hemos ido al centro para visitar el duomo, cuyo campanario había visto Mery en fotos y le había gustado.


Aunque chispeaba intermitentemente, la plaza en la que se encuentra la catedral es muy bonita, ya que se juntan el duomo, el campanario y la adyacente fontana di Orione.



En general todo el centro de la ciudad tenía buena pinta, pero esta vez no teníamos tiempo para más, así que nos lo hemos apuntado para una próxima visita.

Hemos salido de Messina hacia Catania, parando en Taormina. Tras dejar el coche en un aparcamiento privado, hemos ido a pasear por el pueblo.


Posiblemente lo más conocido de Taormina sea el Teatro griego. El edificio está bien conservado, pero realmente lo más impactante son las preciosas vistas que tiene por detrás del escenario, ya que se puede ver el mar, el resto del pueblo y al fondo el Etna. Cuando estábamos allí sentados me preguntaba si los espectadores podrían prestar atención al escenario con la distracción de esas vistas.


El Etna sin duda es una presencia que se siente desde casi cualquier lugar de esta parte este de la isla. Así es como se ve desde Taormina, concretamente desde su teatro.


Seguimos nuestra visita recorriendo la calle principal de Taormina, hasta llegar a la naumachia. Se supone que en su momento fue un recinto en el que se podían hacer batallas navales o juegos de agua con las fuentes, pero la verdad es que no impresiona demasiado. Actualmente es solo una pared que forma el lateral de una fila de casas construidas a posteriori.


Seguimos paseo por el pueblo, visitando entre otros la torre dell´orologio, que atravesamos, el duomo y la fuente llamada 4 fontane. A Mery le ha gustado el paseo por Taormina, se lo apunta como un sitio para alojarse en algún hotelito y pasear relajadamente por la tarde e incluso una vez que ha anochecido.


Puesto que no tenemos más tiempo, volvemos al coche y nos vamos al aeropuerto, donde devolvemos nuestro Opel Adam, que nos ha hecho un gran servicio durante esta semana. La cara de Mery en la fila de embarque del avión de vuelta deja claro las pocas ganas de volver a España, pero todas las vacaciones tienen un principio y un final.


Y desde el cielo siciliano, en el vuelo de vuelta a Madrid, terminamos este relato de nuestro viaje al sur de Italia, que nos ha encantado y nos ha permitido conocer una zona que hace mucho tiempo que queríamos descubrir, además de disfrutar acompañando a nuestros amigos en el día de su boda.

Sur de Italia (VII): Visitando Calabria

Hoy ha sido nuestro último día completo en Italia, así que había que aprovecharlo bien. En la planificación del viaje decidimos aprovechar el máximo número de días posible en Sicilia, y dejar un solo día para Calabria. Aunque seguro que ésta última tiene rincones preciosos, nos habían hablado mejor de la isla. Así pues, solo teníamos un único día para hacer turismo en la parte peninsular. Por la mañana hemos visitado Reggio Calabria, haciendo un recorrido similar al de mi carrera de ayer. Empezamos por el Lungomare, donde además de las vistas del estrecho de Messina, está el palacio de Villa Zerbi, con sus curiosas estatuas.



Después nos acercamos a la Catedral (solo hemos podido ver la fachada, puesto que parecía cerrada).


Continuamos paseando hasta llegar al Castello Aragonese, del cual quedan actualmente solo unas cuantas torres. Por la zona hemos tenido un altercado con un destacamento militar que estaba allí, ya que han revisado las fotos que Mery estaba haciendo del castillo, no fuera a haber sacado imágenes de ellos.


Hemos vuelto al Lungomare, desde donde hemos llegado al Museo Arqueológico, nuestra siguiente parada.


Allí se encuentra uno de los tesoros de la región, la pareja de esculturas de época griega conocida como "Bronces de Riace". Son impresionantes, con un realismo y unos detalles que parece imposible que se pudieran crear en esa época.


El acceso a sala en la que se encuentran está muy controlado, con una primera sala de espera, una segunda sala de espera estanca y por fin, el acceso a la sala en la que se encuentran los Bronces, además de otro par de bustos de bronce, como por ejemplo el conocido como la "Cabeza del Filósofo".


A la salida del museo hemos decidido comer, a la manera italiana. Hemos cogido una pizza al taglio y un brioche con helado, que estaban muy ricos.


Hemos vuelto a la puerta del  hotel y hemos cogido el coche para ir a Tropea. El camino era realmente tortuoso, con unas carreteras llenas de baches y agujeros.

Finalmente hemos llegado a Tropea. Lo primero que hemos hecho allí es dar una vuelta por la zona, hasta llegar a la playa. El pueblo se encuentra en lo alto de un acantilado, y la playa está abajo. Así pues, las casas en primera línea de playa en realidad están muy alejadas de la playa propiamente dicha.


En la misma playa hay un peñasco en cuya cima está la Chiesa di Santa Maria dell´Isola. Hemos subido hasta allí, aunque no hemos llegado a entrar porque estaban celebrando misa.


Hemos vuelto a coger el coche y nos hemos acercado al centro de Tropea, donde hemos dado un paseo por sus calles.


Ya de noche hemos vuelto a Reggio, tras dar una gran vuelta debido a que algunas carreteras de la zona estaban cortadas.

Para cenar nos han vuelto a invitar María y su familia, esta vez a su casa. La comida ha sido variada, abundante y riquísima (nos han puesto una selección de platos típicos calabreses) , y la familia, de lo más acogedora. Nos han hecho sentir como en casa (sensación que ya me había comentado Mery, que ya había estado conviviendo con ellos anteriormente). Finalmente hemos vuelto al hotel a dormir: era nuestra última noche italiana.

Sur de Italia (VI): Boda en Calabria

Hoy era un día atípico dentro del viaje, puesto que no nos íbamos a dedicar a hacer turismo. Es el día de la boda, y eso para Mery significa pasarse casi todo el rato arreglándose. Así pues, nos levantamos tarde para aprovechar y descansar. Mientras Mery se dedicaba al ritual de peinarse, etc... yo me he ido a correr por Reggio Calabria, pasando por el lungomare (éste sí que era precioso, en contraposición al de Palermo). No en vano el poeta D´Annunzio lo definió como "el kilómetro más bello de Italia".



Tras recorrer dicho paseo y adentrarme por el centro histórico, he regresado al hotel. Tocaba arreglarse. No nos ha dado tiempo ni a comer, puesto que no llegábamos a la ceremonia, que era a las 4 de la tarde en la iglesia de Gallina.


Una vez terminada la misa, nos hemos ido con los recién casados y otros familiares y amigos jóvenes a hacer las fotos de rigor por el centro de Reggio. Para empezar, en el interior del Palazzo Provinciale.


Después hemos salido al Corso Garibaldi y hemos estado haciendo fotos por la calle. Había un montón de gente, la verdad es que el ambiente era buenísimo.


Tras el rato de hacer las fotos de rigor, en el que lo hemos pasado genial, hemos vuelto a Gallina, al restaurante donde se celebraba el banquete. Primero hemos tomado un aperitivo de pie, luego la cena en sí sentados en el salón y, tras un pequeño rato de baile dentro del salón, hemos vuelto a la zona del aperitivo, pero ahora para los postres. Había abundante comida y estaba todo riquísimo. A destacar que el menú estaba basado en pescados: a mí me gustó mucho, pero a Mery no tanto, aunque por suerte para ella había alternativa de carne para cada plato.

La boda ha sido como las celebraciones españolas, aunque ha acabado mucho más pronto de lo que es habitual en España. A las 2 ya estábamos despidiéndonos todos de la feliz pareja de recién casados.


Lo hemos pasado muy bien a lo largo de todo el día. Acabamos de llegar al hotel y ahora toca descansar: si bien para una boda no es tarde, para levantarnos pronto mañana y continuar con el turismo sí que lo es.

Sur de Italia (V): Cefalú y ferry a Calabria

Por la mañana decido que hoy voy a correr hacia la playa, en lugar de por el centro histórico como el día anterior. Así que me encamino hacia el Tirreno. La playa está bastante desangelada, algo por otra parte lógico en diciembre y a primera hora de la mañana. Sin llegar a ser tan fea como la de Dublín por la que corrí hace pocos meses, la verdad es que en estas condiciones no se disfruta como supongo que sí se disfrutará en verano.

Al volver al hotel, recogemos y ponemos rumbo hacia nuestro destino final del día, que será Reggio Calabria. Eso sí, por el camino pensamos hacer unas paradas. La primera de todas, sin salir de Palermo, es el palacio de la Zisa. Otro Palacio normando construido con influencias árabes. Es pequeño, pero también es de esos edificios en los que te transportas a la época en la que estaban habitados. Además, estábamos solos, lo cual es otra de las ventajas de viajar en invierno: nos evitamos todos los agobios que es de esperar que se encuentren en los sitios turísticos que vas visitando.



Tras esto, salimos de Palermo, una ciudad que, de una forma distinta a Catania, también me ha gustado mucho. Sin duda es muy monumental. Tal vez con menos personalidad, pero más belleza.

Pensábamos parar en Bagheria para visitar Villa Palagonia, pero creo que con buen criterio decidimos continuar, para no ir apurados de tiempo en nuestro siguiente destino: Cefalú. Es un pueblecito que se asoma al mar, pero cuyas calles tienen un gran encanto. Además, al otro lado de las playas y acantilados que la limitan se encuentra un risco, por lo que da la sensación de ser una población encajonada entre el mar y la montaña. Tras aparcar, fuimos andando por la calle principal hasta llegar a la plaza de la Catedral. Es un edificio enorme, bastante bonito por fuera (además, el tener la montaña al lado realza la imagen).


Lo cierto es que por dentro nos decepcionó, pero posiblemente tras ver el día anterior la catedral de Monreale cualquier catedral del mismo estilo nos hubiera decepcionado. Y la verdad es que la de Cefalú es casi una copia, pero más modesta. Podríamos decir que es como de un pueblo de pescadores, que es lo que era Cefalú. La diferencia principal es que era mucho más luminosa. El conjunto hace que las sensaciones que tienes en Monreale no se repitan aquí.


En la plaza lucía un sol muy agradable. Tuvimos que pararnos allí un rato para arreglar el objetivo de la cámara, y cuando nos pusimos en marcha fuimos hasta el final de la calle principal. Al lado estaba ya el mar, en una zona rocosa, sin playa. Estuvimos un rato haciéndonos fotos, puesto que el paisaje era precioso y el sol hacía que la temperatura fuera ideal.


Al cabo del rato toca continuar para no llegar muy tarde al hotel. Hemos comido unos panini (la comida oficial de este viaje, puesto que casi todos los días los pedimos para ahorrar tiempo en las horas centrales de la jornada) en un restaurante del pueblo y continuamos nuestra ruta, sin más paradas hasta llegar a Messina. Allí damos unas cuantas vueltas hasta encontrar la zona en la que embarcan los coches hacia Calabria. Lo más "entretenido" ha sido cuando hemos llegado al puerto. Hay una especie de circuito de scalextric, que tienes que atravesar para llegar hasta el embarque. A mitad del circuito hay un puesto en el que, por lo visto, se compran los billetes. Pero nosotros, que íbamos apurados de tiempo para coger el siguiente barco (salen cada 40 minutos), viendo que ningún coche paraba en la garita, tampoco paramos. Al llegar al embarque vemos que la gente enseña sus billetes (seguramente ya los tendrían adquiridos, o tendrían bonos, algo lógico teniendo en cuenta que mucha gente vive a un lado del Estrecho de Messina y trabaja en el otro). Claro, nosotros no teníamos nada, así que tuvimos que volver al principio a comprarlos. Pero viendo que nos obligaban a hacer todo el circuito, y que parecía haber cola, hemos decidido "tomar un atajo" hasta la zona de compra de billetes. De hecho, lo que hemos hecho es salir a una zona en sentido contrario, así que hemos tenido que volver a hacer otra "pirula" para llegar al sitio correcto, comprar los billetes e ir rápido al embarque. ¡Menuda odisea!

El trayecto ha transcurrido sin problemas, y una vez en la Italia peninsular nos hemos ido al hotel. Estábamos cansados, pero María, la amiga de Mery que se casa mañana, nos ha invitado a cenar en un restaurante. Así que nos arreglamos un poco y vamos a su pueblo (Gallina, muy cerquita de Reggio Calabria) para cenar con ella, con su novio (por pocas horas) Nunzio y con algunos amigos. Mery estaba muy emocionada: se reencontraba con algunas de sus mejores amigas y con la tierra que la acogió un verano hace ya 13 años. No podía borrar la sonrisa de su cara, a pesar del cansancio que ya se iba acumulando en nuestros cuerpos.



Finalmente nos hemos vuelto al hotel: ¡mañana tenemos boda!

Sur de Italia (IV): Palermo, su caos y su belleza

El día arranca con mi carrera matutina. Compruebo que la zona monumental está relativamente cercana, por lo que podemos hacer todas las visitas del día (excepto la de Monreale) con el coche. Así que comenzamos nuestro paseo por Vía Roma hasta llegar al mercado de la Vucciria. La verdad es que poco vimos allí: no sé si sería por la hora, pero apenas había puestos abiertos y el ambiente no era ni pintoresco ni turístico: me gustó mucho más el Mercato del Pesce de Catania.

Así pues, continuamos nuestro paseo hasta llegar al Teatro Massimo. Estaba mucho más bonito la noche anterior, iluminado, pero de día también resulta imponente. En las escaleras de entrada se grabó una de las escenas finales de la tercera parte de El Padrino; aquellos que la hayáis visto seguro que recordáis ese intenso momento.



Prácticamente desandamos el camino que habíamos hecho, volviendo hacia la zona de nuestro hotel, pero por una calle paralela, la Via Maqueda, en honor del duque del mismo nombre, quien fuera gobernador de la ciudad. Llegamos hasta la Piazza dei Quatro Canti, que es un cruce de caminos con la Via Vittorio Emmanuele. En cada una de las 4 esquinas hay fachadas adornadas con esculturas temáticas: las de la parte inferior representan los cuatro ríos de la ciudad, las de la parte central son los reyes españoles que regían la ciudad en la época (Felipe IV y sus antecesores) y en la parte superior están las 4 santas palermitanas, de las que la principal es Santa Ágata.


La verdad es que Palermo es una ciudad extraordinariamente rica en arte: a cada paso que das, te encuentras un rincón monumental o, como mínimo, con encanto. El siguiente con el que nos topamos, cerquita de Quattro Canti, es la Piazza Pretoria con su enorme fuente. En verano me imagino que la plaza estará llena de gente, atraídos por el frescor que desprende el agua. Pero estábamos en diciembre y, además de nosotros, no había más que un grupo de escolares en plena visita de la ciudad.


Y sin solución de continuidad llegamos a la Piazza Bellini, otro fantástico rincón palermitano. 3 iglesias se ubican en esta plaza; el patito feo es la iglesia de Santa Caterina. Su sobria fachada queda rápidamente eclipsada por sus dos vecinas.


Visitamos, para empezar, la Martorana, cuyo nombre oficial es Chiesa di Santa Maria dell'Ammiraglio, nombrada así por un almirante al servicio del rey de Sicilia, pero rápidamente rebautizada como Martorana, pues así se apellidaba la propietaria del convento que acabó absorbiendo la iglesia. Su exterior presenta una conjunción de estilos, destacando sin duda los elementos normandos. El bello interior con toques bizantinos también nos dejó impresionados.


Tras salir de la Martorana, pasamos a la iglesia de San Cataldo. Mucho más pequeña, su exterior destaca sobre manera por las cúpulas de color rosado, lo que le dan un claro toque árabe. Su interior es extremadamente sobrio y pequeño, pareciendo casi una pequeña capilla más que una iglesia. El conjunto es un excelente ejemplo del arte árabo-normando de la isla. Precisamente una de las cosas que más nos atrapó de Sicilia es la conjunción de estilos artísticos, destacando los ejemplos normandos, pues no abundan en los destinos que nosotros habíamos visitado hasta ahora.


Tras abandonar este precioso rincón de Palermo volvimos a le Quatro Canti, donde cogimos la Via Vittorio Emanuele hasta llegar al Duomo. Un edificio enorme y majestuoso. La única pega que se le podía poner es que parte de la fachada estaba en obras y la habían cubierto con un enorme cartel de una marca de cafés.


Tras visitar el Duomo seguimos andando hasta llegar a Porta Nuova, la cual atravesamos para ir al Palazzo dei Normanni.

En este edificio queríamos visitar únicamente la Capilla Palatina. Verdaderamente merecía la pena, es una auténtica maravilla llena de mosaicos bizantinos en perfecto estado de conservación. Pese a su reducido tamaño, estuvimos un buen rato dentro, admirando la belleza del lugar.


Se estaba haciendo tarde, pero antes de comer queríamos dar por cerrado el recorrido por Palermo visitando la iglesia de San Giovanni degli Eremiti. En medio del caos de tráfico de la ciudad (porque Palermo posiblemente sea la ciudad más caótica de Sicilia en este aspecto, y eso es decir mucho), es un auténtico remanso de paz, con la abundante vegetación y las ruinas del antiguo claustro. Su decoración tiene claras influencias árabes.


Puesto que por la tarde queríamos ir a Monreale, volvimos andando a la zona de nuestro hotel y muy cerquita compramos un panino, que nos comimos en el coche. Monreale está muy cerca de Palermo (unos 10 kilómetros), pero se tarda bastante porque las calles y carreteras que las unen están atascadas. Por fin llegamos al coqueto pueblo, que tiene unas vistas preciosas de la bahía palermitana, puesto que está ubicado en las montañas que la rodean.


El tiempo está empeorando, empieza a llover, así que nos dirigimos directamente al Duomo. Entramos y nos vemos transportados a otro mundo, un mundo difícil de describir con palabras. Priman las emociones, el sentirse entrar al mismo tiempo en un recinto místico, poderoso; seguro y amenazante a la vez... para mi, después de los templos griegos de Agrigento ha sido la segunda visita que más me ha impresionado de toda Sicilia.

Posteriormente visitamos el Claustro: ya teníamos la entrada pagada puesto que la cogimos conjunta en San Giovanni degli Eremiti. El claustro está a la altura artística del interior de la catedral, es realmente bello. Se respira una gran paz. Me gustan principalmente las columnas, originalmente adornadas con mosaicos. Actualmente quedan solo las ranuras en las que se insertaban las teselas, pero sigue siendo muy bonito.


Al volver a pasar por la puerta de la Catedral, de camino al coche, insisto en volver a entrar, de tanto que me había gustado. Aunque solo fueron 5 minutos: no teníamos más tiempo, ya que habíamos puesto un ticket de aparcamiento de 1 hora, que por cierto tuve que comprar en un bar donde no me entendían mucho. Se nota que nos habíamos alejado un poco de las grandes ciudades...

Volvimos al hotel muy cansados. De hecho, Mery estaba un poco enferma, así que bajé a una farmacia al lado del hotel para comprar medicinas. Para acabar un día tan intenso, fui a cenar al McDonald´s (ya que Mery no quería salir ni tomar nada), pero aproveché para tomar de postre un típico cannolo siciliano, hecho con queso ricotta.

Sur de Italia (III): Agrigento, caminando entre templos griegos

Hoy decíamos "hasta la vista" a Catania. Y no adiós, ya que el próximo domingo regresaremos, aunque sea fugazmente, para coger el vuelo de regreso a España.

Como todas las despedidas fue triste, así que el cielo se puso a llorar. Pensamos que se pasó, porque cayó un aguacero importante. Menos mal que por aquí los chaparrones parece que duran poco y, cuando fuimos al coche después de haber desayunado y habernos despedido de los amables dueños del b&b, ya estaba parando.

Pusimos rumbo al oeste, en dirección Agrigento. Pese a ser un recorrido de poco más de 150 kilómetros, se hace muy largo debido al estado de las carreteras en la isla, con continuos cortes y mal asfaltadas. Durante estos días me estoy prometiendo a mi mismo no volver a criticar la gestión de la DGT española.

Llegamos a Agrigento y, pese a que la zona monumental principal (el Valle de los Templos) ya era anunciada desde más de 60 km de distancia, una vez que llegas allí no está muy claro donde está la entrada, donde hay que aparcar, etc. Todo muy caótico. Finalmente aparcamos en un camino junto a uno de los parkings de la zona. Cuando llegamos a la entrada, aquello parece un pueblo fantasma. Era una sensación parecida a la que tuvimos el día anterior en la Neápolis de Siracusa. Había numerosos chiringuitos montados allí, cuya función debería ser la de vender merchandising, comida, bebida, los billetes de entrada... pero todos estaban cerrados y no había nadie para decir qué había que hacer. Finalmente vemos un cartel que indica la entrada, pero el camino al que conduce solamente nos pasa por un túnel al otro lado de la carretera. Tras andar unos metros, empezamos a ver carteles que nos confirman que no nos hemos perdido y estamos andando por el medio del campo. Eso sí, ya hemos entrado en el Parque y nadie nos ha pedido dinero ni nos ha dicho cómo comprar los tickets.

El Valle de los Templos de Agrigento es una zona arqueológica llena de templos griegos. Agrigento era una de las "polis" griegas, y los restos aquí hallados se encuentran entre los mejor conservados de esta civilización. Para un amante de las culturas de la antigua Grecia y de la Roma clásica, un auténtico lujazo.

Empezamos la visita con el templo de Castor y Pólux, los Dióscuros, para continuar después con el de Zeus Olímpico, realmente gigantesco pero totalmente derruido.


Para continuar la visita había que cruzar la carretera y ahí, en el otro lado, por fin nos dijeron que teníamos que pagar. En mi opinión está un poco mal organizado.

Tras haber pagado religiosamente, continuamos la visita con el templo de Heracles.


El siguiente templo, el llamado de la Concordia (aunque es un nombre moderno, pues no se sabe a qué estaba dedicado en la época griega) es el mejor conservado. Realmente, no le falta casi nada de cómo era originalmente, cuando lo miras parece que estás en la antigua Grecia. El motivo del excelente estado de conservación para los siglos que han pasado es que fue convertido en una iglesia, por lo que no fue devastado como el resto de templos para buscar materiales de construcción en épocas posteriores.


El recorrido acaba en el Templo de Juno.


Tras eso, media vuelta, a deshacer el camino. Algo que me sobrecogió es que en todo el tiempo que estuvimos en el Valle (unas 3 horas) apenas nos cruzamos con casi nadie. Quiero pensar que en verano la situación cambia y la zona está llena de gente, pero me dio mucha tristeza pensar que una maravilla como ésta se encuentra en tal estado de abandono, sin que prácticamente nadie quiera visitarla.

Cogimos en coche y pusimos rumbo a Palermo, donde teníamos el hotel esta noche. Las malas sensaciones de la mañana se vieron multiplicadas en este tramo, puesto que continuamente tuvimos que pararnos por las obras que se están realizando en la carretera. Definitivamente, conducir en Sicilia es un auténtico infierno.

Y si en las carreteras la conducción no es agradable, en Palermo aún menos. La definición de ciudad caótica le encaja perfectamente: llena de coches, motos y peatones, nadie respeta a nadie y es una ciudad sin ley circulatoria. Tras sufrir durante un buen rato para acercarnos al centro, donde estaba nuestro hotel, resulta que nos lo pasamos al llegar a la calle en la que está. Y resulta que la calle es de un solo sentido, y para volver al inicio hay que dar una vuelta enorme. Así que finalmente logramos regresar tras pasar más de media hora callejeando de nuevo por la ciudad. Esta vez fuimos muy despacio y paramos en una calle lateral (con tan buena fortuna que encontramos un aparcamiento gratuito). Resulta que el hotel, pese a ser un 4 estrellas, apenas está anunciado.

Finalmente, nos metimos en la habitación (tras subir a nuestro quinto piso en un ascensor con varias décadas de solera) y nos preparamos para descansar. Estábamos tan cansados que, pese a querer ver un programa de Roberto Benigni (era la segunda parte de su monólogo sobre los 10 mandamientos, la primera se había emitido el día anterior con gran éxito), nos quedamos dormidos enseguida. Mañana toca visitar Palermo.